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Seminario de Estudios Críticos de Cultura Popular > Blog > Blog > En primera persona > ¡Y el Oscar es para… ¿el terror?
En primera persona

¡Y el Oscar es para… ¿el terror?

Evelyn Hernández
Por
Evelyn Hernández
18 marzo, 2026
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El domingo 15 de marzo de 2026 se llevó a cabo la 98ª entrega de los premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, mejor conocidos como los Premios Oscar. Tan cerca de cumplir 100 años, esta histórica ceremonia muestra un giro interesante en cuanto a los intereses políticos y de género cinematográfico que la Academia comienza a reconocer y premiar. Es decir, una apertura, aún en proceso, hacia películas de géneros populares.

No se puede negar que la presencia de películas de estos géneros siempre ha sido importante en los Oscar; sin embargo, también hemos pasado por un proceso de crítica constante en torno a la ausencia de ciertos géneros, particularmente el terror. La conversación pública —y sobre todo en redes sociales— ha girado durante años alrededor de la falta de premiación a este tipo de cine, prácticamente desde la concepción de los Oscar, como si el género nunca fuera lo suficientemente “bueno” para figurar en ninguna categoría, ni siquiera en las nominaciones.

Y si bien la importancia cultural de los Oscar y, sobre todo, sus criterios de calidad han sido puestos en duda múltiples veces, es innegable que, para quienes aún los seguimos, representan un mapeo de intenciones y motivaciones políticas que terminan por marcar el año en el cine: lo que fue nominado, lo que fue ignorado y lo que finalmente se consagró. A partir de esto, vale la pena preguntarse qué nos dice la entrega número 98 sobre los géneros populares y cómo la entrada —aunque todavía parcial— del terror podría estar abriendo paso a una nueva era en las métricas de reconocimiento de la Academia.

Para comenzar, vale la pena retroceder a la entrega número 70 de los Oscar, donde una película, una gran obra de romance, se robó una cantidad histórica de nominaciones y premios: Titanic. Dirigida por James Cameron, se convirtió no sólo en una de las películas más taquilleras de la historia, sino también en una de las más galardonadas, al llevarse 11 premios en la ceremonia de 1998, incluyendo Mejor Película. Este romance combinado con tragedia sentó un precedente importante sobre cómo las películas de gran alcance —de género—podían también ser reconocidas por la Academia.

Un fenómeno similar ocurrió en 2004, cuando El Señor de los Anillos: el retorno del rey ganó las 11 nominaciones que tenía, consolidándose además como una de las películas más taquilleras de su año a la vez que llevaba la fantasía a un espacio de prestigio. Más adelante, en 2009, el propio Cameron volvió a posicionar una propuesta, ahora de ciencia ficción, en el centro de la conversación con Avatar. Es decir, varias de las películas más premiadas en la historia de los Oscar coinciden en algo: no sólo son producciones de gran escala, sino también fenómenos de la cultura popular con un enorme impacto en taquilla.

Sin embargo, estos casos son más bien la excepción en una ceremonia que, supuestamente, premia “lo mejor del cine”. La realidad es que las películas de género suelen ser poco reconocidas o premiadas, al no encajar del todo en los estándares de calidad que históricamente ha privilegiado la Academia. Es bien conocido que ésta tiene una inclinación particular por el drama, el cine de autor, las películas de época, las actuaciones grandilocuentes —o, en el extremo opuesto, extremadamente contenidas—, así como por estilos narrativos que muchas veces resultan presuntuosos o difíciles de leer para las audiencias generales.

En ese sentido, hemos visto ganar películas que no necesariamente conectan con el público amplio, o que incluso pasan desapercibidas fuera de ciertos circuitos, como Anora (2024), Moonlight (2017) o CODA (2022), por mencionar algunas y sin demeritar su propuesta cinematográfica. A pesar de esto, en las últimas entregas —y particularmente en la más reciente— estamos siendo testigos de algo que podría considerarse inédito: una presencia cada vez más visible del cine de terror, o al menos de películas que dialogan directamente con el género. Esta irrupción no sólo es significativa por su cantidad, sino por la forma en la que estas películas están comenzando a ser tomadas en serio dentro de la premiación.

En la entrega número 98 vimos, por supuesto, muchas películas que encajan perfectamente en el estándar tradicional de Hollywood; sin embargo, la presencia de La hermanastra fea (Den stygge stesøsteren), Frankenstein, La hora de la desaparición (Weapons) y, sobre todo, Pecadores (Sinners) —la película más nominada de la ceremonia y una de sus grandes ganadoras— podría leerse como una señal de cambio. La aparición de narrativas más oscuras, góticas y cercanas al horror sugiere también una transformación en la sensibilidad de quienes votan: una nueva generación que parece más dispuesta a reconocer ciertos discursos.

Este momento no surge de la nada. Podría rastrearse desde la amplia nominación de La sustancia (The Substance) en la entrega 97, que marcó un punto importante al volver a colocar el terror —específicamente el horror corporal— dentro de las categorías principales. La película, además de construir una crítica a los estándares de belleza, utilizó recursos propios del género para articular su discurso, lo que le valió nominaciones relevantes, incluyendo Mejor Actriz para Demi Moore, así como reconocimientos para su directora, Coralie Fargeat, como no se veía desde las nominaciones de El silencio de los inocentes (The Silence of the Lambs, 1991) en la entrega 64.

Las nominaciones de La sustancia abrieron una puerta que esta nueva entrega no sólo mantuvo abierta, sino que amplió. A diferencia de años anteriores, cuando el terror aparecía esporádicamente, en esta edición las películas asociadas al género no sólo fueron nominadas, sino también premiadas. Frankenstein, por ejemplo, destacó en categorías técnicas como Diseño de Producción, Maquillaje y Vestuario, mientras que Pecadores —la magnum opus de Ryan Coogler— obtuvo premios de gran peso, incluyendo Mejor Guion Original, Mejor Música y Mejor Actor para Michael B. Jordan.

Se podría argumentar que no todas estas películas pertenecen completamente al género de terror en un sentido estricto; sin embargo, lo importante aquí es la tendencia. Más allá de si los Oscar siguen siendo o no una vara confiable para medir la calidad del cine —y personalmente me inclino a pensar que no lo son—, sí funcionan como un reflejo de las tendencias, intereses y tensiones políticas que atraviesan a la industria en un momento específico.

En ese sentido, este cambio podría abrir la puerta a un mayor reconocimiento de películas de género dentro de categorías tradicionalmente reservadas para otro tipo de cine. También podría significar el regreso de un tipo de experiencia cinematográfica que conecta de forma más directa con el público, lo que reconfigura la relación entre la Academia y sus audiencias.

Quizá en las próximas entregas veamos una presencia aún más clara del terror. Y aunque esto no necesariamente implique que los Oscar determinen “lo mejor del cine”, sí podría hacer de la ceremonia un espacio donde, al menos por momentos, la Academia y la cultura popular vuelvan a encontrarse. Un punto de convergencia que, en el mejor de los casos, le permita recuperar algo de la relevancia —y de la audiencia— que ha perdido en los últimos años.

Evelyn Hernández

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