Conformada por 10 episodios, la primera temporada de La maldición de Widow’s Bay (Widow’s Bay; Apple TV, 2026) enfrenta a la audiencia al motivo conocido de la isla maldita y a una colección de personajes tipo: el alcalde empeñado en llevar turismo a la localidad, padre viudo de un adolescente; su asistente, una solterona muy inteligente a quien nadie parece querer mucho en la isla; un viejo pescador, supersticioso, en lucha constante contra el alcalde; el jefe de policía negro, obviamente no originario de esta isla de raíz puritana y cuya esposa está cerca de dar a luz; la encargada gruñona del museo local que conoce en profundidad la historia de la isla; y el hijo adolescente que, desde luego, hace todo lo posible por desquiciar a su padre: escapar de la casa, tener novia, meterse en problemas… un muchacho normal. La maldición de la isla es particular, pues consiste en que ninguna persona que haya nacido allí la puede abandonar. Hay un perímetro alrededor de la isla hasta el que se puede llegar —de ahí que los pescadores puedan trabajar—, pero nada más. Si se supera la frontera, es muerte segura.
Lo que mueve la acción es que Tom Loftis (Matthew Rhys), el alcalde, quien no es nativo de la isla, se pone como misión llevar turismo al lugar. Su oponente, el pescador Wyck (Stephen Root), insiste en que sólo logrará que la maldición se intensifique y llevará a más gente a la muerte. Mientras tanto, el adolescente se opone constantemente a la autoridad del padre. Poco a poco, con el transcurso de los episodios, se alternan sucesos naturales y sobrenaturales, así como pasajes que muestran la vida de los primeros colonos de la isla, y se revela que la maldición proviene de su pasado fundacional. La desembocadura natural de esto es que la historia de hace siglos se deberá resolver, y sanar, en el presente, en el alcalde, sus decisiones y su progenie. El terror clásico —el de la isla, del lugar confinado, el que busca presentar y resolver conflictos pequeños y del alma humana, y arriesgar a los personajes (véase Sobchack, 1997)— se une de forma natural con el melodrama familiar —el de los problemas entre padres e hijos, las mentiras o medias verdades, las salvaciones de último minuto.
Difícilmente podemos encontrar un texto perteneciente a un género popular —en particular en su forma audiovisual y, más particular aún, en la televisión— en una forma pura. Y generalmente, en las series, encontraremos que las tramas están moldeadas por el melodrama, que aporta las soluciones o problemas inesperados y a veces fortuitos, la posibilidad de conflicto y reconciliación. Al mismo tiempo, hay en la serie un vínculo con los misterios de cuarto cerrado: todo se debe resolver pensando en la im/posibilidad de la comunicación con el exterior. Pero más importante que todo esto es la incursión de la comedia. La maldición de Widow’s Bay destaca por su uso de un humor que va de lo ácido e incluso desagradable a la risa casi plena. Ubica el humor en lo cotidiano y el uso inteligente del lenguaje, tanto audiovisual como verbal.
Por otro lado, es importante que las tramas secundarias —la asistente a la que nadie quiere desde la adolescencia pero sin cuya colaboración todo se derrumba; el amor abandonado del viejo pescador; la posibilidad del protagonista de volver a enamorarse; la casa embrujada (una casa embrujada dentro de una isla maldita); el adolescente rebelde que lo que único que realmente quiere es salir de la isla…— se relacionan todas con la trama axial de la resolución de la maldición fundacional, del conflicto pasado en el presente. Así, todas esas tramas contribuyen a alimentar y reforzar la importancia del melodrama familiar. Conjeturo, pues esto se sabrá en la siguiente temporada, de haberla: el presente habrá de hacer honor y reconocer el pasado para que el futuro sea posible. Y, como es evidente, me parece que La maldición de Widow’s Bay es una serie que vale la pena ver y que tiene más de una capa de posible interpretación.
Referencias
Sobchack, Vivian Carol. (1997). Screening Space: The American Science fiction Film (ed. ampliada). Rutgers University Press.