Alguien tiene que saber (2026) es una miniserie chilena estrenada en abril de 2026 que relata el caso real de la desaparición y asesinato de Jorge Matute Johns, nombrado Julio “Juli” Montoya Font (interpretado por Clemente Rodríguez) en la ficción. Después de salir de fiesta a una discoteca, Juli desaparece, por lo que su madre y su hermano, Vanessa Font (Paulina García) y Eric Montoya Font (Lucas Saéz Collins), exigen que el joven sea encontrado. Si bien se trata de un caso real, se insiste constantemente en los elementos de ficción y dramatización usados para la configuración de la trama. Al tratar con un crimen que parece no tener explicación racional (no hay razón rastreable para la desaparición y el asesinato de Julio) la serie se enfoca en retratar el sufrimiento que padecen los diferentes personajes involucrados en la trama. Así, la serie muestra desde el dolor que la desaparición de Juli produce, desde las personas más cercanas —su familia y sus amigos— hasta las afectaciones que este crimen tiene a nivel nacional.
El relato del crimen se presenta desde tres perspectivas: la de Montero, el detective comisionado para resolver el caso (Alfredo Castro); la de la madre y el hermano de Juli, y la de un sacerdote que escucha la confesión de uno de los culpables (Gabriel Cañas). En este sentido, cada perspectiva se presenta poniendo en primer plano los afectos que rodean la desaparición de Julio. En primer lugar, el detective se involucra de manera cercana con el caso, no sólo porque es una nueva prueba para demostrar la destreza que tiene para la restitución del orden, sino también porque la solución del crimen implica dar justicia a Juli, a su familia y al país. En segundo lugar, las partes del relato que corresponden a la perspectiva de la familia de Juli muestran cómo estos personajes actúan en cuanto víctimas indirectas; en este sentido, se muestra cómo toman agencia dentro de la investigación y presionan para que el caso se vuelva mediático, pero también se revela el profundo dolor que experimentan por la desaparición de su familiar y los peligros a los que son vulnerables. En tercer lugar, la parte de la trama que corresponde al conflicto del sacerdote muestra la complejidad que resguarda el secreto de confesión, por lo que el cura se muestra como un hombre que, ante el mundo y la justicia, comparte la culpa con el asesino de Juli por no revelar la verdad sobre su desaparición, pero que, enmarcado en su ministerio sacerdotal, salvaguarda el vínculo inquebrantable entre Dios y el pecador.
Así, la serie plantea el escenario en el que el secreto de confesión puede ser una forma de obstrucción de la justicia. Este problema ha sido explorado en otros textos desde diferentes perspectivas —desde Alfred Hitchcock en la película I Confess (Mi pecado me condena, en México, 1935) hasta capítulos de la serie CSI [1]— pero la particularidad de esta serie chilena es que, al nunca mostrar al culpable (el caso real continúa abierto hasta el día de hoy), deshabilita de manera deliberada la confesión como una vía de perdón para el criminal. En otras palabras, al no haber culpable absuelto y con propósito de enmendarse, lo único que se puede observar es el dolor que experimentan las víctimas al no tener justicia, la frustración de las autoridades al no encontrar respuestas y la imposibilidad del sacerdote de cooperar para traer paz a los que sufren. La serie no está interesada en abrir la posibilidad del perdón para el criminal, porque para que esto ocurra, primero tiene que haber un proceso de justicia, condición que no se cumple en el caso de Juli. Al no mostrar el tránsito del arrepentimiento que comienza en el ámbito religioso (por medio de la confesión) a lo social (por medio de un proceso judicial), el sacramento y la Iglesia que lo resguarda obstaculizan la posibilidad de justicia para las víctimas, dando privilegio a la reconciliación con Dios y la comunicación de la misericordia divina.
En Alguien tiene que saber el sacerdote se configura como un personaje atormentado por los compromisos y obligaciones que dicta su ministerio. Al ser sacerdote, tiene que ser obediente a la Iglesia, debe administrar los sacramentos según las normas de esta misma y está obligado a aconsejar y guiar a sus fieles, particularmente cuando se encuentran en un momento de tribulación como la pérdida de un familiar. El cura en la serie se encuentra en un punto que tensiona estas tres obligaciones, donde el sigilo de confesión es de carácter inquebrantable: no puede revelar el secreto de penitente ni por órdenes de sus superiores, ni para aliviar el dolor de la familia Montoya. De esta manera, cuando es comisionado a acompañar a la familia en el duelo, el padre sufre por saber que tiene la manera de aliviar su dolor pero que le es imposible revelar la verdad sin traicionar todo aquello que rige su manera de existir en el mundo.[2]
Una de las frases finales de la serie enmarca estas ideas sobre el dolor que experimentan las víctimas por la defensa de las normas eclesiales. Después de intentar obtener un indulto del secreto de confesión, el sacerdote regresa con la familia y Montero, a quienes había prometido revelar la verdad, con la noticia de que la Santa Sede ha denegado su proposición. Eric le dice a su madre: “vamos a encontrar la verdad por otro camino”. Esto parece indicar que la verdad para estos personajes no se ubica del lado de la misericordia para el penitente que otorga la Iglesia, ni del lado de la impartición de la justicia que representa el sistema judicial, ya que éste ha sido incapaz de cumplir su función. Entonces, su búsqueda se ubica en otros lugares que no se muestran y que, al saber el desenlace abierto de la serie y la falta de juicio en la vida real, producen un efecto de desesperanza y un agudizamiento del dolor de todos los involucrados. En este sentido, la impunidad del caso de Juli produce sufrimiento social, desde la familia del joven, hasta el país que presencia la falta de justicia para las víctimas directas e indirectas, y muestra un panorama donde las instituciones representadas revelan sus fallas e ineficiencias. Finalmente, lo único que queda para los personajes y espectadores son las heridas y el dolor provocados por una falta de cierre.
[1] Por ejemplo, los episodios “Cambiados” (“Alter Boys”, T2 E6) y “Doble cruz” (“Double Cross”, T7 E5)
[2] Estas tensiones del ministerio sacerdotal se exploran y resuelven de maneras diversas en textos que tratan estas temáticas. Un ejemplo es la película Silencio (Silence) de Martin Scorsese, donde un sacerdote decide cometer apostasía para evitar su muerte y la de los fieles a quienes acompaña. Si bien los escenarios presentados son diferentes, es posible observar las reflexiones que provocan los votos sacerdotales y las normas de la Iglesia católica cuando se encuentran en un extremo.