The Devil Wears Prada 2 (El diablo viste a la moda 2, 2026) funciona, sobre todo, como una película construida desde la nostalgia. Más que continuar la historia del primer filme, lo que hace es regresar a ese universo para recordarnos algo que ya conocemos: sus personajes, sus dinámicas y ciertos momentos que se han vuelto icónicos. En ese sentido, el foco no está en desarrollar un conflicto nuevo y sostenido, sino en el reencuentro y en la repetición de fórmulas que ya sabemos que funcionan. El guion introduce distintos conflictos —tanto personales como laborales—, pero casi todos se plantean y se resuelven muy rápido. No llegan a convertirse en el eje de la película, sino que funcionan más bien como pretextos para mover la trama y permitir estos momentos de reconocimiento.
Esto se nota, por ejemplo, en la forma en que se retoman relaciones del pasado: Andy y Nigel reciben la validación que buscaban de Miranda, se liman asperezas y se cierran tensiones que habían quedado abiertas, pero todo de manera bastante rápida. Más que reabrir conflictos, la película parece interesada en estabilizarlos. Otro de los cambios más claros está en Miranda. Ya no tiene la misma libertad para ejercer violencia sobre sus empleados porque ahora hay quejas formales y mediación de recursos humanos. Esto es completamente verosímil en el contexto actual, pero también transforma al personaje. Sigue siendo reconocible, pero es menos incisiva, menos incómoda. La figura que antes sostenía gran parte del conflicto ahora está más contenida, y eso cambia el tono general de la película.
Al mismo tiempo, la película introduce temas que podrían haber sido centrales e interesantes: la desaparición de los medios impresos, la dificultad de sostener proyectos editoriales complejos en entornos digitales y la precarización del trabajo intelectual. Sin embargo, estos temas aparecen más como referencias que como problemas que realmente estructuren la narrativa. Están ahí, pero no se desarrollan. Funcionan para actualizar el mundo de Runway, pero no para generar tensión. Esto abre una pregunta interesante sobre el lugar desde donde se construye ese mundo. Runway, inspirada claramente en revistas como Vogue, aparece en crisis, pero es una crisis particular: no es una revista que esté luchando por sobrevivir en condiciones precarias, sino una publicación que opera dentro de una estructura corporativa sólida. El problema no es tanto la desaparición, sino su adaptación a nuevas métricas, como los views. En ese sentido, la película desplaza el conflicto de fondo hacia algo más digerible.
La resolución va en esa misma línea. En lugar de cuestionar el sistema editorial o las lógicas de mercado que lo sostienen, la película propone una especie de cambio: el modelo se mantiene, sólo cambia quién lo dirige. La solución no pasa por transformar las condiciones de producción, sino por imaginar una versión más “bondadosa” del mismo sistema, ahora en manos de alguien que supuestamente sí aprecia y valora el “arte por el arte”. Es una salida sencilla, pero también bastante limitada. Otro cambio importante es que dejamos de ver el proceso editorial en sí. En la primera película, el trabajo detrás de la revista —la escritura, la edición y la toma de decisiones— era clave para entender ese mundo. Aquí eso queda en segundo plano. Los personajes ya no hablan tanto de lo que se escribe o se publica, sino que la moda se presenta sobre todo a través de la imagen: vestuarios, locaciones y cameos. La revista como espacio de producción cultural se diluye y se vuelve más bien un escenario.
En ese sentido, la película termina por mostrar algo interesante sin necesariamente proponérselo: reproduce la misma lógica que critica. Si busca hacer un cuestionamiento sobre un mundo editorial que ahora se desplaza hacia lo visual y lo inmediato, ella misma privilegia esos elementos por encima de un desarrollo más complejo de sus temas. A fin de cuentas, más que preguntarse qué dice The Devil Wears Prada 2 sobre la moda o el mundo editorial, vale la pena ver cómo organiza sus tensiones. La película no busca profundizar en esos conflictos, sino administrarlos: los presenta, los reconoce y luego los resuelve rápidamente para volver a lo que realmente le interesa, que es el reencuentro con ese universo y con lo que representa para el espectador.
Finalmente, no busco sugerir que este modelo de hacer secuelas sea problemático. Al contrario. Si lo que se busca es una forma de catarsis o de reencuentro con algo ya conocido, la película cumple: va a lo seguro y entrega exactamente eso. Como ejercicio dentro de la lógica de la cultura popular, funciona. El problema no es tanto lo que hace, sino lo que deja de hacer. Había elementos ahí que podrían haber abierto otras líneas de lectura y ofrecer una perspectiva distinta sobre ese universo, sobre todo en un contexto en el que esas transformaciones han sido, en muchos casos, para peor. Esa posibilidad queda apenas sugerida, pero no se desarrolla.