“Ésta es una historia real que pasó en mi pueblo”, anuncia la voz infantil que abre La hora de la desaparición (Weapons, 2025), estableciendo de inmediato el marco narrativo que define toda la experiencia cinematográfica que sigue. Con esta frase, el director Zach Cregger actualiza conscientemente la fórmula del “había una vez”, pero con una diferencia crucial: esta historia, nos aseguran, realmente ocurrió. Esta tensión entre lo real y lo maravilloso no es accidental, sino que constituye el corazón de un ejercicio formal sofisticado que utiliza el marco conceptual del género del cuento de hadas para procesar, por ejemplo, uno de los traumas más específicamente contemporáneos de la sociedad estadounidense, según la lectura más predominante de la película que también se apoya del título en inglés de la cinta —Weapons, ‘armas’—: los tiroteos escolares. La hora de la desaparición, más allá de los méritos que posee como experiencia de entretenimiento, resulta relevante también porque busca recuperar y actualizar la función histórica que los cuentos de hadas cumplieron durante siglos como herramientas colectivas para hacer procesable lo que, de otra manera, resultaría incomprensible. La pregunta que plantea la película no es sólo por qué necesitamos marcos simbólicos para abordar la violencia contemporánea, sino por qué, específicamente, necesitamos que sean los niños quienes nos cuenten estas historias de horror sobre niños.
El entramado de elementos formales que Cregger construye reproduce a grandes rasgos los elementos del cuento de hadas clásico, pero los actualiza para funcionar dentro del registro del terror psicológico. La progresión narrativa sigue el patrón tradicional del cuento de hadas: un misterio inicial, la revelación de la amenaza (sobrenatural), confrontación con el mal arquetípico y resolución mediante la justicia restaurativa. Los personajes, por su parte, también funcionan dentro de este marco. Gladys (Amy Madigan), el personaje central de esta propuesta, no es simplemente una anciana perturbada, sino una bruja en el sentido más literal y folclórico del término, con todo y rituales de sangre, objetos mágicos y la capacidad de controlar tanto a adultos como a niños a través de hechizos que requieren de alguna pertenencia de sus víctimas. Su caracterización visual deliberadamente grotesca —el maquillaje exagerado, la peluca naranja— la sitúa dentro de la tradición de brujas amenazantes del folclor clásico. Esta elección no es meramente estética: considerando que los cuentos de hadas han funcionado históricamente como vehículos para procesar ansiedades a través de figuras arquetípicas amenazantes, la película amplifica esta función al situar a Gladys literalmente dentro del hogar de Alex, transformando el espacio que debería ser el más seguro en el epicentro de la amenaza. Además, los adultos en La hora de la desaparición operan como los personajes secundarios de los cuentos tradicionales: bien intencionados pero fundamentalmente ineficaces, definidos por su incapacidad para reconocer o confrontar el verdadero peligro hasta que es demasiado tarde. Son, en términos narrativos, “personas comunes” necesarias para que la historia funcione, pero su ineficacia no es accidental sino estructural.
Desde esta perspectiva, la dimensión temática de la película pide ser leída en este registro. Por ejemplo, llama la atención el uso explícito de la metáfora del parásito como marco interpretativo para entender no sólo la trama y el rol de Gladys, sino también la violencia y el horror que se presenta, así como sus mecanismos de transmisión. La secuencia en que vemos a los estudiantes que eventualmente desaparecerán aprender sobre parásitos, así como la escena en que Marcus (Benedict Wong), el director de la escuela, y su esposo (Clayton Farris) ven un documental sobre el Cordyceps en su espacio doméstico justo antes de la irrupción de Gladys, establece el vocabulario conceptual que la película utiliza para explorar cómo las ideas destructivas —aterrizándolo a la lectura de los tiroteos escolares, por ejemplo, o a cualquier otra ansiedad latente— se infiltran en comunidades aparentemente saludables. Esta aproximación invita comparaciones directas con Parásitos (Parasite, 2019) de Bong Joon-ho, no sólo por la coincidencia terminológica —o porque, en términos de ritmo y de giros, también se asemejan—, sino porque ambas películas utilizan la figura del parásito para examinar cómo fuerzas externas se insertan en estructuras familiares y las corrompen desde adentro. Sin embargo, mientras que la película de Bong se centra en dinámicas de clase y desigualdad económica, La hora de la desaparición explora específicamente cómo la violencia se comporta como agente infeccioso. Así, desde el registro de los cuentos de hadas, Gladys no es sólo una anciana malévola, sino la materialización de una patología social que requiere “huéspedes” para reproducirse y perpetuarse. Los niños en el sótano de Alex no son sólo víctimas —los niños desaparecidos—, sino vectores de violencia potenciales; los adultos controlados por sus hechizos se convierten en instrumentos de violencia que actúan sin voluntad consciente. Esta construcción alegórica plantea preguntas incómodas sobre la naturaleza de la responsabilidad individual frente a la sistémica en episodios de violencia masiva: ¿es Gladys la causa de la violencia o su síntoma? ¿Representa el elemento externo que corrompe una comunidad sana, o la manifestación de patologías que ya existían pero permanecían latentes? La película mantiene deliberadamente esta ambigüedad interpretativa, sobre todo a partir de la construcción de personajes con conductas y decisiones éticamente cuestionables, cada una vista desde su propia perspectiva, sugiriendo que ambas lecturas pueden coexistir sin contradicción.
Como resolución de la historia, La hora de la desaparición articula una tensión en lo que puede entenderse como una representación contemporánea del trauma: la necesidad de una catarsis simbólica frente al entendimiento de que los traumas reales no hallan resolución a través de la venganza. La secuencia final, y un tanto caricaturesca, en la que los niños persiguen y literalmente desmembran a Gladys ofrece la satisfacción visceral que el formato del cuento de hadas exige: la bruja debe morir, el mal debe ser castigado, el orden debe restaurarse. La violencia de esta secuencia es deliberadamente excesiva y grotesca, pero también extrañamente liberadora: por fin, las víctimas se convierten en agentes; por fin el poder se redistribuye; por fin una noción de justicia toma forma tangible y definitiva. Sin embargo, Cregger complica inmediatamente esta catarsis cuando la voz infantil que enmarca la narración nos informa que muchos de los niños continúan sin hablar años después del incidente, que Alex perdió a sus padres permanentemente… que el trauma persiste a pesar de la eliminación de su causa aparente. Esta doble resolución —la simbólica y la realista— implica una reflexión sobre cómo funcionan tanto los cuentos de hadas como los traumas colectivos. Los cuentos —y la ficción en general— ofrecen marcos para procesar experiencias que de otra manera serían psicológicamente inmanejables, pero no pretenden eliminar las consecuencias reales de esas experiencias. La película reconoce que necesitamos tanto la justicia simbólica como el reconocimiento de sus límites, tanto la posibilidad de agencia como la aceptación de que algunos daños son irreversibles.
La hora de la desaparición emerge dentro de una tendencia cinematográfica más amplia que privilegia aproximaciones alegóricas y simbólicas para abordar problemáticas sociales contemporáneas que “se resisten” a soluciones políticas directas. La violencia escolar estadounidense representa, quizás, uno de los ejemplos más claros de estas problemáticas, pues independientemente de que se atienda y resuelva, o no, en la esfera institucional, constituye un fenómeno demasiado frecuente para ser tratado como anomalía, demasiado complejo para ser reducido a explicaciones causales simples y demasiado traumático para ser confrontado directamente sin mediación simbólica. En este sentido, el retorno al cuento de hadas no constituye escapismo nostálgico, sino una estrategia cultural necesaria para crear espacios de procesamiento colectivo. La “simplicidad” formal que algunas audiencias han señalado como debilidad de la película puede ser, en realidad, su mayor fortaleza: la efectividad de los cuentos de hadas radica precisamente en su capacidad para destilar ansiedades complejas en narrativas manejables, para ofrecer marcos simbólicos que permiten tanto la exploración emocional como la distancia psicológica necesaria para evitar el trauma secundario. Que una película que se está leyendo como representación de la violencia escolar y otros conflictos comunitarios recurra a una de las formas narrativas más antiguas de procesamiento del trauma infantil sugiere no una regresión cultural, sino un reconocimiento de que algunas herramientas simbólicas han persistido precisamente porque funcionan. La hora de la desaparición propone que, ante la aparente imposibilidad de resolver ciertas crisis contemporáneas a través de medios políticos o institucionales, necesitamos recuperar y actualizar esa conexión con las narrativas que las sociedades han desarrollado para superar lo insuperable, para encontrar sentido en el sinsentido y para continuar contando historias que nos permitan, de alguna manera, seguir siendo humanos.
Maximiliano Jiménez