La película Abigail (2024), dirigida por Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillet, inicia como un thriller donde seis delincuentes, contratados por un misterioso Lambert, secuestran a una niña de 12 años, a la salida de una práctica de ballet. La encomienda consiste en retener a la menor en una casa en las afueras de Nueva York, durante 24 horas, para luego obtener un jugoso rescate. Pero la historia se complica cuando, ya reunidos en la mansión solitaria, los involucrados descubren que el padre de la niña es un poderoso criminal. Los mecanismos de seguridad de la casa se activan, y es entonces cuando los delincuentes entienden que están atrapados, sin ninguna posibilidad de comunicación con el mundo exterior. De esta forma adquiere sentido la frase con la que Lambert se despide de ellos: “mi encantador grupo de ratas”. A partir de ese momento, el filme adopta la lógica de los escape rooms o juegos de escape, donde los personajes se desplazan de una habitación a otra e intentan resolver los enigmas de cada espacio para escapar. Sin embargo, este juego de escape se torna todavía más macabro cuando descubren que Abigail, la secuestrada, es un vampiro, y que ellos son los roedores con los que se alimentará esa noche.
El personaje de la niña vampiro es una de las encarnaciones más perturbadoras de lo monstruoso y uno de los revinientes con mayor capacidad para el engaño. Su cuerpo infantil comunica una imagen de delicadeza, pero cuenta con la habilidad de un predador que ha cazado durante siglos. Y aunque Abigail es un filme donde el horror y lo gore se ven salpicados de humor, esto no se traduce en una domesticación del monstruo. La protagonista establece una parcial relación de complicidad con una de sus secuestradoras, Joey, pero el vínculo entre la niña sin madre, Abigail, y la madre distanciada del hijo, Joey, suscita sólo una frágil alianza que permite que Joey sobreviva, en una historia donde las únicas vulnerabilidades del vampiro son su orfandad materna, su devoción al padre y la exposición a la luz solar.
Uno de los aspectos más logrados del filme es su énfasis en estrategias no verbales para articular la historia, en específico, la iluminación, la música y la comunicación no verbal entre personajes. Durante la secuencia inicial, con Abigail bailando en un impecable tutú blanco, la iluminación está permeada por el color rojo, donde el contraste entre el rojo de la luz y el blanco del atuendo anuncia la paradoja de lo sangriento y de la asumida inocencia del personaje. Hay incluso un momento, cuando la bailarina transita entre el trascenio y el proscenio, en que la iluminación cambia del rojo intenso al blanco, como una representación de la capacidad del vampiro para cruzar la frontera entre un mundo de sangre, ajeno al ojo humano, y el mundo de lo vital y público.
En cuanto a la música, a cargo de Bryan Tyler, destaca la utilización de El lago de los cisnes, de Tchaikovsky, para representar la relación de poder entre el padre y la hija. En la obra de Tchaikovsky, el Baron Von Rothbart es un hechicero que instruye a su hija Odile, el cisne negro, en el arte del engaño y logra que ésta se haga pasar por el cisne blanco. De la misma manera, Abigail es un instrumento de la venganza de su padre, quien aparece al final de la película, con actitud arrogante, como corresponde al gran vampiro de la historia. En esta escena queda claro que el filme es una parcial recreación de La hija de Drácula (1936), de Lambert Hillyer, aunque mantiene una autonomía que hace posible disfrutarlo sin que la audiencia tenga que decodificar sus intertextualidades. Abigail es un nombre de origen hebreo que significa ‘el regocijo de mi padre’. En este sentido, la niña vampiro es la sicaria del padre, encargada de eliminar a sus enemigos. Sin embargo, en la última escena al interior de la mansión gótica, Abigail reclama su derecho a elegir que Joey sobreviva, y lo hace clavando la mirada en el padre. Esta forma de comunicación no verbal entre los personajes refuerza la creencia en la capacidad vampírica para la telepatía, pero también plantea una interesante inversión de la dinámica de poder entre padre e hija, donde la niña vampiro sale triunfante. Este elemento del desenlace plantea que, como en el filme de Hillyer, la hija de Drácula podría ser una entidad sobrenatural todavía más temible que el padre, pero, al mismo tiempo, un ser dual que facilita la inclusión de un elemento luminoso: la sobrevivencia del personaje que representa la compasión materna. Así, el filme mantiene su incómodo balance entre lo sangriento y lo lúdico, entre lo bestial y la tensa pero divertida lógica del juego de enigma, físico o digital.
Aurora Piñeiro
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