Con F1 (2025), el director estadounidense Joseph Kosinski suma otro título icónico a una filmografía que ya contaba con las reconocidas Tron: el legado (2010), Oblivion (2013) y Top Gun: Maverick (2022), películas que, más allá de los muchos o pocos méritos técnicos y temáticos que poseen, resultan relevantes por darles continuidad a historias de acción y ciencia ficción iniciadas en los ochenta y, sobre todo, por contar con Tom Cruise, importantísima estrella global de cine. De hecho, quizás actualmente F1 resuene más en el panorama de la cultura popular no por tratarse de otra obra de Kosinski o por abordar de lleno la espectacularidad del deporte más tecnificado del planeta, sino porque tiene en su centro a Brad Pitt, la única otra estrella masculina vigente verdaderamente global que se construyó antes del dominio de las redes sociales. En este sentido, es un acierto que el director aproveche la posición de Pitt en el imaginario cultural para abonarle a la historia que muestra en este largometraje, que en cierto sentido regresa a los intereses temáticos que ya presentaba en sus trabajos anteriores: no se trata sólo de una película de carreras cargada de acción, sino de un western actualizado sobre el conflicto entre la intuición y la tecnificación.
La llegada de Sonny Hayes (Brad Pitt) al ficticio equipo APXGP constituye el momento fundacional del western que Kosinski construye. Por un lado, este recurso narrativo establece la dinámica del forastero experimentado que debe ganarse la confianza de una comunidad escéptica y en problemas a la que viene a apoyar. Por el otro, la producción materializa y afianza este recurso —y, por lo tanto, sugiere la supremacía del western como eje estructural— al incorporar las características tomas del personaje que camina hacia la cámara con el horizonte como telón de fondo mientras la banda sonora subraya este paralelismo con lo que el propio compositor de la partitura, Hans Zimmer, llama “el motivo del pistolero”. Así, pareciera que la iconografía clásica del género busca comentar algo sobre el aparente anacronismo que implica el tipo de deportista que Hayes representa en el ecosistema hipermoderno de la Fórmula 1. Los comentarios despectivos sobre la edad de Hayes, sus métodos supuestamente obsoletos y su cuestionable habilidad para competir contra pilotos formados enteramente en simuladores y con una presencia medible en el espacio digital del fandom funcionan menos como caracterización dramática que como mecanismo para exponer el conflicto central de la película: la tensión entre una aproximación intuitiva al automovilismo y los protocolos tecnificados que dominan el deporte más costoso y computarizado del planeta.
El verdadero conflicto de F1 trasciende las carreras para instalarse en el terreno ideológico porque la oposición entre Sonny Hayes y Joshua Pearce (Damson Idris) representa algo más que una simple diferencia generacional: se trata de la colisión entre dos posturas incompatibles sobre cómo conocer, dominar y relacionarse con la velocidad y la máquina. Hayes encarna una tradición que privilegia la intuición acumulada a través de décadas de experiencia: el “feeling” del automóvil como extensión corporal, la capacidad de leer condiciones, oportunidades y variables que ningún algoritmo puede cuantificar —una metodología que raya en lo místico al insistir en que la verdadera competencia sucede no sólo en el espacio indefinible entre el piloto y su vehículo, sino en el aquí y ahora de la carrera—. Pearce, por el contrario, representa el cruce de la frontera a lo digital, en donde el éxito se busca mediante la optimización de métricas, la simulación computarizada de escenarios, la perfilación mediática de la marca personal y la confianza absoluta en que los datos pueden predecir y manipular todas las variables relevantes del rendimiento automovilístico —una postura que reduce al piloto a ejecutor de decisiones tomadas por equipos de técnicos e ingenieros que nunca han manejado a trescientos kilómetros por hora—. Este conflicto permea el desarrollo de la relación de los protagonistas, y la muestra más clara es quizás la reiteración de la disonancia entre la rutina de entrenamiento de Pearce, siempre conectado a monitores y corriendo sobre caminadoras eléctricas, y la de Hayes, quien aparece corriendo al aire libre y haciendo ejercicios de destreza con pelotas.
Como es de esperarse, la relación mentor-pupilo que eventualmente se establece entre Hayes y Pearce funciona simultáneamente como motor narrativo y como el espacio conceptual donde se experimenta con la posibilidad de que la sabiduría intuitiva pudiera no sólo sobrevivir el embate de la revolución algorítmica, sino también hibridarse de manera productiva con las nuevas metodologías sin perder su esencia afectiva. La guía que Hayes otorga va más allá de transmitir técnicas específicas de manejo: insiste más bien en ese posicionamiento sobre lo que significa relacionarse auténticamente con la velocidad, el riesgo y la competencia, además de la importancia de permanecer en el aquí y ahora que se difuminan con las pantallas, la interacción virtual y las predicciones digitales. Esta interacción reproduce y refina el conflicto que Kosinski ya había explorado en Top Gun: Maverick, en donde Pete Mitchell debe enfrentar una situación estructuralmente idéntica: la necesidad de transmitir valores supuestamente obsoletos a una generación formada enteramente bajo paradigmas tecnológicos que priorizan la eficiencia sobre la intuición. F1, no obstante, complejiza esta premisa al sugerir que la coexistencia de ambas aproximaciones es no sólo posible sino necesaria para que cualquiera de las dos posturas continúe siendo relevante.
El desenlace de F1, que como en todo western implica la partida del forastero a nuevos horizontes tras haber restaurado el orden de la comunidad que lo recibe, propone una resolución que circunvala tanto la nostalgia reaccionaria como la tecnofilia acrítica. La película, pues, sugiere que la supervivencia de lo esencialmente humano en la era posdigital requiere la integración de la intuición, la adaptabilidad, la improvisación y la afectividad con herramientas para amplificar en lugar de reemplazar. Hayes aporta la dimensión experiencial y corporal que ningún simulador puede replicar completamente, mientras que Pearce representa la necesaria adaptación a realidades técnicas que han transformado irreversiblemente las condiciones materiales del automovilismo contemporáneo, estableciendo una complementariedad que la película presenta como el camino viable. De esta manera, F1 continúa un proyecto temático que Kosinski ha desarrollado desde sus obras anteriores: cómo preservar y actualizar la dimensión humana en sociedades donde la automatización amenaza con dominar incluso los espacios más íntimos de la experiencia subjetiva. Que, además, esto se haga mediante el western, un género que ha funcionado históricamente como el vehículo cultural privilegiado para procesar las ansiedades que implican las grandes transiciones sociales, da cuenta de la relevancia y vigencia que estas expresiones de la cultura popular masiva hallan con cada actualización a la que se someten.
Gracias a que no deja de ser una experiencia estimulante y emocionante, F1 se encuentra en un lugar privilegiado para explotar su dimensión crítica cuando se lee no sólo como entretenimiento masivo diseñado para audiencias globales. Puede verse también como una intervención cultural específica en los debates contemporáneos sobre asuntos como la inteligencia artificial, la automatización laboral y la supervivencia de formas de conocimiento que se resisten a la cuantificación algorítmica, por no decir como la Fórmula 1 misma, uno de los deportes —y formas de entretenimiento— más consumidos del momento. Si bien narrativamente podría hacer falta un desarrollo y resolución más verosímil de la relación entre los personajes principales, que F1 utilice la figura retrabajada del pistolero a manos de Brad Pitt en una narración que además es cinematográficamente memorable constituye una propuesta temática fresca que valdría la pena seguir explorando.
Maximiliano Jiménez