El año 2025 marcó una tendencia clara para el cine de superhéroes: Thunderbolts* y Superman, cada una desde su respectivo universo cinematográfico, privilegiaron narrativas íntimas en vez del espectáculo cósmico que había dominado la era post-Endgame (2019). En este contexto, Los cuatro fantásticos: primeros pasos (The Fantastic Four: First Steps, 2025) se distingue no sólo por introducir exitosamente a la “primera familia” de Marvel al UCM, sino por construir una alegoría compleja sobre modelos de cuidado en tiempos de crisis. Mientras la recepción crítica se ha polarizado entre celebraciones conservadoras de “valores familiares tradicionales” y elogios progresistas del “liderazgo femenino”, la película podría estar articulando algo más sofisticado: una interrogación sobre las tensiones entre proteger a los míos y protegerlos a todos, en donde los personajes masculinos funcionan principalmente como espectadores y beneficiarios de estas decisiones de cuidado que recaen, inevitablemente, en figuras maternales.
El patrón tal vez innovador que alerta sobre esta otra posibilidad reside en que la película requiere específicamente de dos figuras maternas —Sue Storm (Vanessa Kirby) y Shalla-Bal (Julia Garner)— que toman decisiones sacrificiales un tanto disímiles. Este detalle narrativo no es gratuito, pues plantea un laboratorio ético para explorar diferentes modelos de cuidado cuando las lógicas familiares y planetarias entran en conflicto irreconciliable. Sue articula una posición que rechaza el cálculo utilitario: “no sacrificaré a mi hijo para salvar al mundo, pero tampoco sacrificaré al mundo por mi hijo”. Su negativa a aceptar que alguien debe morir para que otros vivan representa un modelo de cuidado que se niega a participar en las lógicas de intercambio que caracterizan tanto los dilemas éticos tradicionales como, significativamente, las estructuras económicas que han generado las crisis contemporáneas. En ese sentido, su invisibilidad literal durante el parto —volverse transparente precisamente mientras da vida— materializa cinematográficamente cómo el trabajo de cuidado se vuelve invisible cuando es más crucial.

En contraste, Shalla-Bal encarna el modelo opuesto: acepta servir a fuerzas destructivas (Galactus) para proteger a su familia y planeta. El mensaje que Johnny Storm (Joseph Quinn) descifra revela la ambivalencia ética a la que se enfrenta: su comunidad la admira por salvarlos, pero muchas otras, innumerables, la condenan por facilitar la destrucción de sus mundos. Así, esta figura alegoriza la posición ética imposible de quien debe elegir entre permitir el daño a desconocidos por encima de un daño inmediato a seres queridos —el tipo de cálculo, se sugiere, que los sistemas imponen a individuos sin poder real para cambiar las estructuras subyacentes—. Sin embargo, su sacrificio final —proteger a Johnny y detener a Galactus— marca una transformación crucial: rompe su propio patrón de calcular quién merece vivir, extendiendo el cuidado más allá de los límites familiares o tribales. Shalla-Bal se redime porque está dispuesta a sacrificarse para detener las fuerzas a las que antes sirvió; su acto final no es proteger a los suyos, sino proteger a quien le ayudó a entender la magnitud de las implicaciones de sus actos.
Por otra parte, los personajes masculinos operan consistentemente como espectadores, analistas y beneficiarios de estas decisiones de cuidado, sin ser nunca los agentes principales de las elecciones éticas cruciales. Reed Richards (Pedro Pascal) aporta análisis científico y flexibilidad adaptativa, pero es Sue quien determina los límites éticos de lo que está dispuesta a sacrificar; Ben Grimm (Ebon Moss-Bachrach) proporciona fuerza física y resistencia, pero permanece en segundo plano durante los momentos de crisis moral; Johnny Storm evoluciona de la impulsividad destructiva —se construye en un inicio como típico mujeriego, por ejemplo— a desarrollar una capacidad empática para “traducir” el dolor de Shalla-Bal, pero no resuelve el conflicto central. Esta configuración sugiere que la película plantea una división específica de responsabilidades: mientras que las figuras masculinas dominan los aspectos técnicos, físicos e interpretativos de la crisis, son las figuras femeninas quienes enfrentan directamente los dilemas morales sobre a quién proteger y a qué costo.
Franklin Richards, el bebé que nace en el espacio y posee poder regenerativo puro, funciona como elemento simbólico crucial de esta posible alegoría. Su capacidad para revivir a Sue sin requerir un intercambio equivalente de vida representa un ajuste fundamental a las lógicas de sacrificio que dominan tanto el modelo de Sue como el de Shalla-Bal. Su nacimiento entre mundos —fuera de lealtades planetarias específicas— sugiere una forma de poder que no está limitada por las fronteras familiares, nacionales o territoriales que podrían definir los límites de la responsabilidad moral. Sin embargo, el hecho de que este poder regenerativo sólo se activa después de que Sue se sacrifica crea una dinámica particular: aunque el sacrificio maternal ocurre, su irreversibilidad desaparece, pero no deja de llamar la atención que ese sacrificio siga siendo necesario para dar lugar a algo más.
Finalmente, la extrapolación de las lógicas específicas del cuidado maternal hacia dinámicas planetarias constituye el núcleo alegórico de la película. Los modelos contrastantes de Sue y Shalla-Bal trascienden lo familiar para representar los dilemas que las crisis sistémicas contemporáneas imponen tanto a individuos como a comunidades. Galactus funciona como metáfora de las crisis contemporáneas —climáticas, sociales, políticas— que obligan a elegir entre estabilidad inmediata y sostenibilidad a largo plazo: ¿colaborar con estructuras que garantizan la supervivencia presente, pero perpetúan el daño sistémico, o resistir esas estructuras mientras se arriesga el bienestar inmediato sin garantías de que la resistencia genere alternativas viables? Franklin, como símbolo del poder regenerativo, sugiere que las futuras generaciones podrían heredar formas de cuidado que no requieren estos sacrificios sistemáticos, pero sólo si las generaciones actuales están dispuestas a transformar las estructuras que crean estas imposibilidades. En esta lectura, la película no celebra el sacrificio maternal como virtud, sino que interroga por qué el cuidado debe costar tanto, y si es posible imaginar —y materializar— alternativas que no dependan del sacrificio.
En todo caso, parece que la película vislumbra una postura optimista respecto al futuro, pero en términos pragmáticos no termina de aterrizarla: esta postura funciona, en gran medida, gracias a la ambientación retrofuturista de los años sesenta, la década que vio tanto el apogeo del optimismo tecnológico como el nacimiento de la conciencia ambiental moderna. Situar la alegoría en el momento histórico donde estas tensiones comenzaron a volverse insostenibles funciona para orientar el futuro de ese universo, pero qué puentes se puedan tender hacia nuestra realidad parece menos claro.
Maximiliano Jiménez