La más reciente entrega de Superman (James Gunn, 2025) se presenta como una relectura compleja y deliberadamente política del mito fundacional del superhéroe. A diferencia de adaptaciones anteriores —la versión clásica y luminosa de Richard Donner en 1978, la melancólica Superman Returns (2006) de Bryan Singer, o el enfoque solemne y mesiánico de Zack Snyder en Man of Steel (2013)—, la nueva interpretación de Gunn recupera una dimensión ética central en el personaje, pero la rearticula desde una conciencia ideológica aguda, marcada por los conflictos contemporáneos en torno a la migración, la autonomía individual y la representación simbólica del poder.
A mi parecer, lo que distingue profundamente esta versión es el modo en que Gunn decide tomarse el mito no desde el exceso de respeto o la sacralización, sino desde la farsa. Frente al reto de retratar a uno de los personajes más icónicos de la cultura global, el director elige el camino del humor y la simplificación simbólica. Se permite destilar lo que Superman representa, y en lugar de exponer nuevamente sus orígenes o justificar su rol heroico —una narrativa ya conocida y repetida hasta la extenuación—, inicia la película con una escena de caída: Superman derrotado, en el piso, más humano que nunca. No se trata del héroe en su gloria, sino en crisis. Este gesto, en mi opinión, no es sólo narrativo, sino profundamente ideológico: es el punto de partida de una reconfiguración emocional del personaje.
Este nuevo Superman es joven, ético, torpe incluso, pero profundamente comprometido con la justicia no como extensión de un sistema, sino como valor autónomo. La película no lo presenta como un defensor del “American Way”, sino como un inmigrante reflexivo, enfrentado a las consecuencias simbólicas de lo que representa. Según un artículo de Polygon, esta versión “rompe con el lema tradicional ‘truth, justice, and the American way’ y enfatiza su autonomía frente al poder estatal”. Y como explica The Guardian, este retrato ha sido objeto de controversia por parte de sectores conservadores al situar a Superman como una figura migrante y progresista, aunque, como recuerda Vox, esto no es una distorsión del canon, sino un retorno a sus raíces: fue creado por “dos jóvenes judíos de clase trabajadora” como un defensor de los oprimidos.
En ese contexto, el conflicto central de la película no se construye como un enfrentamiento maniqueo entre el bien y el mal, como sugiere Umberto Eco en su lectura del mito superheróico (“el héroe debe encarnar valores estables enfrentados a fuerzas del mal reconocibles”, Eco 287), sino como una lucha profundamente interior. En esta versión, Superman descubre que el video de sus padres biológicos, sobre el que había construido todo su sistema de creencias, es insuficiente o incluso engañoso. Ya no se trata de obedecer un destino marcado por su origen kryptoniano, sino de elegir entre esa herencia simbólica y los valores aprendidos en la Tierra. En mi lectura, el corazón emocional de la película está en ese gesto: rechaza el mandato del linaje y elige la enseñanza de sus padres adoptivos —dos campesinos de Kansas que no son modelos éticos perfectos, sino personas profundamente afectivas, sentimentales, que aman a su hijo sin condiciones—. Esta elección no sólo lo humaniza, sino que lo convierte, simbólicamente, en uno de nosotros.
Incluso en los detalles secundarios se puede leer esa dimensión ética. Pienso, por ejemplo, en la figura de Krypto, el perro. Aunque es ruidoso y problemático, Superman va a buscarlo porque —como dice explícitamente— sabe que “está solo y asustado”. Este pequeño gesto tiene, a mi juicio, una carga simbólica central: pone en escena la compasión como motor del heroísmo. La humanidad del protagonista no se revela en su fuerza ni en su invulnerabilidad, sino en su capacidad para cuidar de lo frágil. Así, Gunn convierte una relación entre un superhéroe y su mascota en una microfábula ética sobre la ternura y la responsabilidad. A mi parecer, estas decisiones creativas no destruyen la lógica del mito, sino que la regeneran desde dentro. Lejos de la solemnidad épica o del cinismo nihilista, Superman apuesta por una parodia suave, reflexiva y afectiva, tal como la define Thomas Schatz en su análisis sobre el cine de género: una fase del género (de superhéroes en este caso) en la que “se exageran las convenciones para hacerlas visibles y repensarlas” (Schatz 37). Gunn no se burla del héroe: lo humaniza para hacerlo legible en nuestra época.
En este sentido, la propuesta de Gunn dialoga con la teoría de Umberto Eco sobre los mitos populares en Apocalípticos e integrados. Eco sostiene que el mito de Superman se basa en una repetición ritual que permite mantener al personaje dentro de un presente perpetuo, sin cambio ni evolución: “debe realizar acciones ejemplares, sin modificar por ello su destino, sin envejecer, sin cambiar” (Eco 287). Esta lógica de repetición, propia de la cultura industrial, encierra también una función moral. El Superman de Gunn respeta esta condición de ejemplaridad, pero la desplaza desde el terreno físico —la fuerza, la invulnerabilidad— al plano ético: su poder reside en su voluntad de no doblegarse ante estructuras de poder corruptas, incluso cuando ello lo coloca en conflicto con las instituciones humanas. Este gesto entronca con la figura del héroe aristotélico, que no es perfecto ni absolutamente justo, sino alguien que cae por algún error o contradicción interna. Según Aristóteles, el héroe trágico es aquel que cae “no por maldad o perversidad, sino por algún error” (Poética 1453a). La vulnerabilidad de Superman, su conflicto interior, su caída inicial, todo lo acerca más a esa tradición ética que a la épica triunfalista.
A lo largo de la historia del cine estadounidense, esta figura también ha sido encarnada por el héroe del western. En su análisis de los géneros populares, John G. Cawelti explica que el western dramatiza “las tensiones entre civilización y barbarie, ley y caos, individuo y comunidad” (203). El héroe del Western —al igual que Superman— es un forastero que se enfrenta a una crisis social, la resuelve mediante la fuerza moral y física, y luego se retira porque no puede formar parte del nuevo orden que ha ayudado a restaurar. En Superman, este ciclo se actualiza con una sensibilidad contemporánea: la amenaza ya no es el bandido externo, sino el Estado moderno y los intereses corporativos; el forastero no es un vaquero, sino un inmigrante de otro planeta que representa una forma distinta de humanidad. En este marco, Superman no sólo encarna valores estadounidenses idealizados, como lo hacía el cowboy clásico, sino que también pone en cuestión las contradicciones internas de esos valores.
Así, la película se configura como una síntesis de múltiples tradiciones míticas, pero reinterpretadas desde una sensibilidad crítica que no renuncia a la emoción ni a la esperanza. James Gunn logra equilibrar lo espectacular con lo simbólico, la fórmula con la renovación, y la parodia con la sinceridad ética. Lejos de ser un simple reinicio de franquicia, Superman (2025) se presenta como un ensayo audiovisual sobre el mito heroico en la era de la cultura global, donde la bondad se vuelve subversiva y la esperanza, un acto político.
Isabel del Toro
Bibliografía
Aristóteles. Poética. Traducción de Valentín García Yebra. Madrid: Gredos, 2008.
Cawelti, John G. Adventure, Mystery and Romance: Formula Stories as Art and Popular Culture. Chicago: University of Chicago Press, 1977.
Eco, Umberto. Apocalípticos e integrados. Barcelona: Lumen, 1968.
Ransome, Noel. “What the culture war over Superman gets wrong.” The Guardian, 20 julio 2025.
Schatz, Thomas. Hollywood Genres: Formulas, Filmmaking, and the Studio System. Nueva York: McGraw-Hill, 1981.
“Superman’s relationship with America’s government keeps getting more complicated.” Polygon, julio 2025. https://www.polygon.com/dc/613025/superman-vs-american-government-comics-movies-tv/.
“Superman is a socialist.” Vox, 2025. https://www.vox.com/culture/420419/superman-movie-jesse-watters-ben-shapiro-socialist.