Basada en la novela homónima de Jorge Ibargüengoitia (1977) y con una relación inevitable con Las Poquianchis de Felipe Cazals (1976) y con el caso real amplísimamente publicado en el semanario Alarma! y en otros periódicos, la serie de televisión creada por Luis Estrada y distribuida por Netflix es, sin ninguna duda, un producto cultural de muy buena factura. El estilo de Estrada se puede reconocer desde los primeros minutos de la serie, tanto por las situaciones conducidas al absurdo como por el tono de farsa. Las actuaciones y la producción son de primer nivel; las locaciones están halladas y transformadas con gran habilidad.
La serie muestra la historia de las hermanas Arcángela y Serafina Baladro, dueñas de burdeles en el Bajío; que compran muchachas, incluso niñas, para prostituirlas; sus conexiones con los políticos, la protección otorgada por un militar, la forma en que regentean sus locales… En fin, narra su ascenso al éxito desde que tienen sólo una cantina hasta que inauguran su tercer y gran prostíbulo con habitaciones temáticas, y finalmente su caída. En este sentido, es una narración que sigue un esquema común: del ascenso a la caída. No hay innovación y los espectadores tampoco esperamos que la haya. No, por lo menos, en términos de estructura básica. Lo que nos interesa es, justamente, ver ese relato con los detalles propios del caso que, por supuesto, entendemos como ficcional aunque con un pie en la realidad. Y es ahí donde me parece que reside lo problemático de este producto.

Los títulos de los textos suelen ser orientativos hacia aquello que va a ser el foco temático o que se buscará resaltar a lo largo de ellos. En esta lógica, Las muertas como relato tendría que enfocarse, precisamente, en las jóvenes muertas en los burdeles de las Baladro. Y sí, se cuenta cómo mueren, las que mueren; y cómo viven, las que viven. De hecho, la serie comienza con el descubrimiento del cadáver de una joven asesinada en la cuneta de una carretera. Pero las protagonistas son sin ninguna duda las hermanas (y, con ellas, su ayudante más cercana, La Calavera, y el militar Bedoya, amante de Serafina).
El primer episodio de la serie establece el tono. Entonces, así como el descubrimiento del cadáver de la joven prepara para una historia de violencia en contra de las mujeres, también conduce el espectáculo a la sexualidad de Serafina Baladro, la hermana menor, a quien vemos tener relaciones sexuales por lo menos tres veces a lo largo del capítulo. Se yuxtaponen, pues, la desnudez y el sexo consensuado con la imagen de la joven asesinada y abandonada en la cuneta.
Poco a poco se avanza hasta que las mujeres comienzan a morir, por accidentes, por malos cuidados y por asesinato voluntario (ejecutado por el marido de la tercera hermana, por lo demás poco relevantes como personajes) e involuntario (por la ignorancia de La Calavera y omisión de las madrotas). La joven asesinada del inicio de la serie sólo reaparecerá al final. Nunca vemos a las hermanas maltratar directamente a las muchachas que regentean como prostitutas. Cuando las Baladro comienzan a caer en desgracia, tienen que esconderse en una de sus propiedades clausuradas y no pueden abrir los locales; también empiezan a vender a las muchachas a otro proxeneta y a racionarles el alimento. Y como el aburrimiento parece engendrar malas ideas, las jóvenes comienzan a pelear entre ellas y a morir. Las Baladro nunca las maltratan directamente, pero sí las obligan, con la mediación del militar que las ayuda, a que se golpeen entre sí.
La violencia física directa, entonces, la ejercen las jóvenes entre ellas, salvo por los casos mencionados entre paréntesis en el párrafo anterior. Desde luego, la obligación de ejercer la prostitución y los accesos limitados a médicos y a los recursos económicos ganados por ellas mismas son maltrato y violencia. Pero, insisto, las hermanas nunca ejercen violencia física directa. Y las muchachas parecen estar contentas con sus jefas, su trabajo y sus clientes; salvo cuando ya no pueden ejercer la prostitución, que es cuando comienzan a maltratarse las unas a las otras. Y cuando la policía arresta a las Baladro y sus cómplices, algunas muchachas —las más violentas, por cierto— inventan más de lo que en realidad hicieron las hermanas con tal de obtener la libertad.
Así, aunque debemos partir del hecho de que la explotación sexual es una forma atroz de violencia, como nunca vemos a las proxenetas ejercerla de forma directa sobre las muchachas, el acto de violencia que constituye prostituir y esclavizar se suaviza mediante la mostración constante de jóvenes contentas, que bailan y satisfacen a sus clientes e incluso son capaces de disfrutar los actos sexuales. Y las mujeres que fueron esclavizadas y obligadas a prostituirse cobran venganza primero entre ellas y luego con sus madrotas.
Si bien en una historia prostibularia no podemos esperar que no haya violencia, sí debemos preguntarnos siempre por la función y el uso que se da a la violencia que se muestra; y por lo que parece buscar provocar y lo que finalmente parece obtener. No creo que la literatura o el cine o la televisión deban dar lecciones o ejemplos o alertar. Tampoco creo que se deba censurar la mostración de la violencia, aunque ésta sea tan difícil de tragar a veces y aunque ya parece ser excesiva. Pero sí considero que su uso debe ser claro, incluso en una farsa, que es lo que yo considero que construye Luis Estrada. En este caso ni siquiera es que sea excesiva la violencia, pero sí que quienes la ejercen de manera directa son aquellas que antes fueron violentadas. He dicho que la mostración de la violencia debe tener una función —se ha hablado, incluso, de la ética de la violencia—. ¿Cuál es la función, entonces, de que las explotadas se maltraten entre ellas? ¿Mostrar los efectos de la explotación y la miseria? ¿Mostrar que siempre nos ensañaremos con los más débiles que nosotros?
Considero que este relato construye la revictimización de las prostitutas, pues lo que destaca finalmente es su caída en la mentira y la violencia mutua, en la venganza eficaz en cuanto que contribuye a la condena de las Baladro, pero que a ellas las pervierte. Así, no es que la violencia deba ser utilizada para denunciar nada, pero sí que su banalización o utilización poco clara puede ser peligrosa. Peligrosa en cuanto que insensibiliza a ella. Y si bien entendemos que estamos ante un relato ficcional, también sabemos que la ficción tiene una relación estrecha y compleja con la realidad.
Noemí Novell