En 2008, Brian Cranston sorprendió al mundo con su rol como Walter White en Breaking Bad. El piloto presentaba a un hombre de familia que en su desesperación recurría a su experiencia como maestro de química para fabricar metanfetaminas; con el pasar de las temporadas, Walter se convertía en un hombre cada vez más violento que estaba en contante lucha con su idea de masculinidad como proveedor y padre de familia. Era un papel que se alimentaba del conocimiento de la audiencia del trabajo previo de Cranston: Malcolm el de en medio. Esta serie era una comedia situacional familiar que comenzó a transmitirse el 9 de enero de 2000 y finalizó el 14 de mayo de 2006. En ella, Cranston interpreta a Hal, un padre presente (aunque ocasionalmente negligente en comparación con Lois, su esposa), cuya pasión y sensibilidad definían tanto sus intereses como su relación con su esposa e hijos. La dinámica familiar de la serie permitía que Lois fuera el pilar económico, disciplinario y dominante mientras que Hal proporcionaba un apoyo emocional. Sus intereses, sensibilidad y amor incondicional cuestionan el modelo de masculinidad que Cranston representaría en Breaking Bad, donde el padre de familia debe de ser un proveedor, dominante y violento.
Veinte años después, es una agradable sorpresa verlo regresar a su rol como Hal en una pequeña continuación llamada Malcolm el de en medio: la vida sigue siendo injusta. Esta secuela se centra en el reencuentro de la familia para la fiesta de aniversario 40 de Hal y Lois. Durante la reintroducción de Malcolm, a partir de su característica ruptura de la cuarta pared, él nos cuenta cómo se ha distanciado de todos y construido otro núcleo familiar discretamente. Al “mantener la fachada de cercanía” para evitar que lo vayan a buscar en persona, ha logrado criar a su hija adolescente, Leah, en paz. Por no dar una respuesta concreta de su asistencia al aniversario, Lois y Hal lo van a buscar a su casa y descubren su doble vida. En consecuencia, el sentido de identidad de Hal y la vida tranquila de Malcolm se derrumban. La miniserie utiliza este reencuentro y crisis de identidad para examinar la responsabilidad afectiva de las figuras paternas y cómo es importante la superación del egoísmo para construir una comunidad.
La miniserie ofrece una exploración surrealista del sentido de identidad de Hal. Al enfrentarse en medio de un viaje alucinógeno con una versión que parece más madura, compuesta y varonil de sí mismo, Hal se cuestiona: si cuidar a sus hijos era lo más importante que podría hacer, aquello que acaparó su atención, planes y futuro, ¿que ellos crezcan y dejen de necesitarlo no significa que su propósito deja de existir también? Si bien el Hal “perfecto” parece ser su mejor versión, rápidamente se convierte en un enemigo al sugerir que la solución es abandonar o asesinar a la familia. Este doble “malvado” de Hal, bien vestido, autoritario, aparentemente compuesto y en control representa un ideal de masculinidad que fácilmente se vuelve violento, un ideal al que Walter White aspiró hasta convertirse en un monstruo. Es sólo a través de la aceptación y el amor que Hal derrota a esta versión oscura. La gran diferencia entre Walter White y Hal es hacia donde dirigen su propósito y su amor; Hal reconoce el potencial que tiene para ser egoísta, pero lo rechaza a partir de aquello que siempre ha sido su fortaleza: su amor y sensibilidad. Su rol como padre no está limitado por el control o violencia que puede ejercer, sino por el cariño que ofrece a sus hijos. Gracias a ello, parte de sus revelaciones es que el amor de Hal es como un pastel que nunca acaba sin importar cuántas rebanadas corte.
Por otro lado, Malcolm ha vivido alejado de su familia por años y lleva su propia paternidad también de manera no hegemónica. No sólo es un proveedor financiero, sino que ha buscado educarse y crecer como persona para ser un padre respetuoso, consiente del espacio y los cuidados que necesita su hija. Sin embargo, como ella le recrimina después, al ocultarle cosas le está robando de manera egoísta la oportunidad de aprender y elegir. El desdén de Malcolm por su familia y su alejamiento son aún más notables durante su participación en un breve video para Hal, donde se encuentra comiendo sin realmente decir nada de sustancia como parte de sus felicitaciones. En este punto Hal ya ha aceptado que sus hijos toman pedazos de él sin retribuir nada, por lo que ese video sólo parece ser una muestra más de “las babosas que se comen a los padres”.
Sin embargo, Malcolm se sube al escenario donde se disculpa por ese video. Hal hace una seña como si cortara un pastel y se lo diera a Malcolm; Malcolm, algo desconcertado, realiza el mismo gesto, ofreciéndole un pedacito de pastel metafórico a Hal. Simbólicamente, Malcolm ha dejado de sólo tomar: ahora que también es padre puede corresponder ese cariño desde un lugar más consiente y reconoce la influencia de su padre al formar su idea del amor. Para que Malcolm se termine de consolidar como un buen padre debe dejar de ser egoísta, lo cual implica no sólo que retome el contacto con su familia, sino que deje que su hija se haga una participante activa en ella. A partir de esta unión, Leah es capaz de encontrar una comunidad y de aspirar a una crianza más sociable y completa que la de Malcolm.
Esta secuela propone que la paternidad se debe habitar más allá del apoyo económico y de los roles tradicionales de masculinidad: debe haber un involucramiento emocionalmente responsable que no puede estar subordinado al egoísmo. La identidad de estos padres se solidifica no a partir de la soledad sino a partir del cariño y las conexiones que forman con el resto de la familia. De igual manera, la maduración viene desde la propia paternidad y la disposición de ya no sólo tomar, usar o abusar del cariño de los padres, sino de corresponderlo desde un lugar más consciente, desde el abrazo que uno da como adulto con un amor más profundo.