Si hubiera que describir The Drama (2026) en una palabra, sería “incómoda”. Exitosamente incómoda. La película se inscribe en lo que ya había señalado en este blog sobre las anti-romcom, en cuanto que utiliza la estructura del romance —uno de los géneros más identificables dentro de la cultura popular— para generar expectativas y afectos en el espectador que luego se frustran deliberadamente. En este caso, esa operación no sólo desestabiliza el género, sino que busca incomodar activamente al espectador, quien, salvo en momentos puntuales donde la comedia libera ligeramente la tensión, permanece en un estado de incomodidad sostenida a lo largo del filme. Sin embargo, qué tan productiva resulta esa incomodidad no termina de quedar del todo claro, pues si bien la estrategia es efectiva, no necesariamente conduce a una reflexión profunda sobre los temas que plantea.
La película centra su conflicto en una pareja, Charlie (Robert Pattinson) y Emma (Zendaya), que está a punto de casarse. Desde la primera escena —la redacción de los votos matrimoniales— se enfatiza el carácter performativo del discurso romántico: los novios no sólo expresan su amor, sino que construyen una narrativa idealizada que legitima su unión frente a los demás. La película señala, desde el inicio, la distancia entre esa ficción compartida y la realidad. En ese marco aparece el conflicto. Durante una prueba de cáterin, en un contexto aparentemente trivial, Emma revela que en su adolescencia estuvo a punto de cometer un crimen asociado a uno de los traumas más recurrentes en Estados Unidos: los tiroteos escolares. Esta confesión no sólo altera la relación, sino que rompe de forma abrupta las expectativas del romance como espacio de estabilidad y reparación.
Lo significativo no es únicamente la revelación, sino la forma en que es procesada. El conflicto no se articula en torno a las causas estructurales de la violencia ni a sus posibles consecuencias, sino alrededor del acto de nombrarla. En este universo, decir resulta más grave que hacer. Los personajes reaccionan no tanto ante la posibilidad del daño, sino ante la transgresión discursiva que implica siquiera formularlo. Esto se vuelve más evidente cuando se contrasta con las confesiones de otros personajes, quienes relatan actos igualmente cuestionables —pero efectivamente realizados— sin asumir responsabilidad, minimizándolos o justificándolos. Así, la película desplaza la discusión hacia un terreno donde la culpa se concentra en el individuo “monstruoso”, mientras el resto se posiciona desde una superioridad moral que evita cuestionar las condiciones que producen ese tipo de violencia.
En ese sentido, The Drama reproduce y al mismo tiempo evidencia una lógica propia de la cultura popular contemporánea: la tendencia a individualizar problemas estructurales y a convertirlos en narrativas consumibles. Los tiroteos escolares, ampliamente documentados en términos de sus causas —inestabilidad psicológica, entornos violentos, acceso a armas, etcétera— aparecen aquí filtrados por un discurso que privilegia el shock y la excepcionalidad sobre el análisis. La película no corrige esa lógica, pero la expone al insertarla en un contexto íntimo y afectivo como el romance.
A partir de aquí surge el verdadero conflicto: no tanto si Emma cometió o no un crimen, sino si una relación puede sobrevivir cuando la fantasía que la estructura, que la sostiene, se fractura. ¿Puede sobrevivir el vínculo a la pérdida de la imagen idealizada que los propios personajes han construido? La película desplaza así el centro del romance: de la relación en sí misma a la relación mediada por la mirada de los otros. Charlie y Emma no negocian su conflicto en la intimidad, sino en función de su exposición social, lo que genera una dinámica de ansiedad constante. No hay espacio para lo privado; todo debe ser visible, evaluable y normado.
Esta operación también subvierte otra convención del género: la resolución. En lugar de avanzar hacia la reconciliación o la ruptura definitiva, los personajes optan por posponer el conflicto, ignorarlo o justificarlo hasta que la presión acumulada termina por desbordarlos. La relación no se resuelve; se desgasta. El final refuerza esta lógica. Tras el colapso de la boda y de la relación, los protagonistas se reencuentran sin que la película ofrezca una respuesta clara. La decisión queda suspendida entre dos opciones igualmente insatisfactorias: olvidar y continuar, o abandonar definitivamente el vínculo.
Así, The Drama lleva hasta sus últimas consecuencias su operación sobre el romance: no sólo frustra sus expectativas narrativas, sino que niega su función afectiva. No hay catarsis, ni cierre, ni aprendizaje claro. Lo que queda es la incomodidad que la película ha construido y la responsabilidad de interpretarla. En ese sentido, más que desmontar el género desde fuera, la película se inserta en él para mostrar sus límites, evidenciando hasta qué punto las promesas del romance —coherencia, estabilidad, redención, etcétera— dependen de ficciones que no siempre pueden sostenerse.