El sobreviviente (The Running Man), de Edgar Wright, es una distopía basada en el libro homónimo que Stephen King escribió bajo el pseudónimo Richard Bachman en 1982. Situada en una sociedad futurista y altamente estratificada, la película cuenta la historia de Ben Richards, un hombre que se ve obligado a participar en un reality show mortífero como último recurso para sostener económicamente a su familia. Dentro de la diégesis, The Running Man es un programa de televisión en el que tres concursantes deben sobrevivir por 30 días para ganar el premio de un billón de dólares. Con la simplicidad de la premisa, el atractivo del reality recae en las condiciones del juego: los competidores no pueden recibir ayuda de ningún otro ciudadano y en todo momento los sigue de cerca un grupo de cazadores cuya misión es acabar con sus vidas. Así, para que el público se vuelva cómplice de las reglas del concurso, los participantes son presentados como criminales, escorias y alienados sociales —personas que, de todos modos, no merecen el privilegio de la vida—. Dentro de este contexto, Richards se enfrenta no sólo a la presión de sobrevivir para proteger a su familia, sino también a las condiciones estructurales de un sistema en que el entretenimiento se utiliza como forma de control por parte del Estado.
Respecto a la caracterización del protagonista, el desarrollo de Ben Richards es uno de los elementos más sugestivos del filme. En un primer momento, las cualidades que lo hacen atractivo, tanto en el show como en la cinta en sí misma, son atributos más bien estereotípicos del héroe de acción. La fortaleza física y mental, la resistencia y, sobre todo, el enojo como potencial de violencia para el espectáculo son las características que resaltan del personaje. Sin embargo, conforme la cinta avanza, Richards se transforma en un tipo diferente de héroe. El amor por su familia, su capacidad de hacer aliados por medio de la empatía, y la compasión por aquellos que lo rodean se vuelven mucho más importantes para la conformación de su identidad y hasta resultan recursos útiles en su lucha por sobrevivir. Además, Ben se configura como un símbolo revolucionario ya que su aventura pasa de tener un objetivo individual —si bien nunca egoísta, ya que siempre está relacionado con salvaguardar las vidas de su esposa y su hija— a uno colectivo, evidenciar las fallas y las mentiras del sistema que lo obliga a, literalmente, correr por su vida. De este modo, el protagonista de Wright se aleja de una caracterización simplemente arquetípica y formularia del héroe estoico, indestructible y viril, para explorar los tipos de heroicidad que surgen de las crisis de la masculinidad. Si bien el personaje sigue cumpliendo algunos de los ideales tradicionales, empezando por el hecho de que el actor que lo interpreta (Glen Powell) es hegemónicamente atractivo desde la visión occidental, lo relevante del caso es que estas características estereotípicas conviven con cuestionamientos sobre la sensibilidad del protagonista y su capacidad de relacionarse desde lo afectivo.
Ahora bien, incluso si la heroicidad de Ben Richards se presenta como directamente ligada a su lucha antisistema, no se puede ignorar que El sobreviviente, la película, es un producto cultural que surge desde un mercado muy parecido al que pretende criticar. El cine hollywoodense, la televisión y, más recientemente, los programas de streaming se han utilizado como herramientas de control para promover y reproducir ideas determinadas. Aunado a esto, en el filme de Wright la rebeldía del protagonista se justifica porque la maldad de los antagonistas es más que evidente y casi caricaturesca; la separación entre “los buenos” y “los malos” coloca a Richards en una posición de superioridad moral indiscutible. Sin embargo, las experiencias de aquellas personas que participan en reality shows suelen ser mucho más complejas, ambiguas y, en ciertos casos, incluso traumáticas. Lo que en la cinta se presenta como un par de personajes con ideas perversas y un poder prácticamente infinito, en la realidad suele ser todo un sistema de elementos que operan en conjunto para determinar la producción y la recepción de los medios y los objetos que consumimos.
Con todo y los aspectos criticables que El sobreviviente puede tener, dentro de los cuales no se puede ignorar su resolución a la deus ex machina, la cinta de Wright propone dos ideas notables. En primer lugar, el filme se une a la lista de productos culturales que consideran nuevas formas de representar la masculinidad heroica. Así, junto con la posibilidad de expandir las características del hombre de acción más allá de sus cualidades físicas, se incrementan también las maneras de interpretar este tipo de personajes y abordarlos desde distintas capas de significado. En segundo lugar, y aunque con sus reservas, la cinta aparece como recordatorio de la importancia que tiene el ser espectadores críticos. Al presentar de forma tan evidente la manipulación que ejercen los medios de comunicación, El sobreviviente funciona como moraleja de la responsabilidad que se necesita para consumir cultura popular.
Dámaris Cornish Sánchez