Uno de los hitos del cine de zombis fueExterminio (28 Days Later, 2002), dirigida por Danny Boyle, con Cillian Murphy como protagonista. Ahora, 23 años después, presenta la segunda secuela de esta película, Exterminio 3. En medio de ellas, Juan Carlos Fresnadillo dirigió a Robert Carlyle en Exterminio 2 (28 Weeks Later). En este caso, uno de los papeles protagónicos lo lleva Ralph Fiennes.
Además del recuerdo y la reconstrucción de la infección inicial hace 28 años, el inicio del filme presenta una banda sonora que mezcla lo que parecen voces de guerra que repiten continua y casi frenéticamente palabras y frases relacionadas con ella, con imágenes, también de guerra, en blanco y negro, que refuerzan este tono y contextualizan la nueva historia. Este comienzo, además, establece el origen de un personaje que cobrará relevancia sólo hacia el final: Jimmy, un niño que perdió a toda su familia al estallar la epidemia y que recuerda, por su carácter, al Alex de La naranja mecánica (A Clockwork Orange). También puede leerse aquí un eco visual y rítmico de The Wall, tanto por su estilo como por la construcción de sus personajes.
Exterminio 3 muestra la historia de un niño de 12 años que vive en una comunidad aislada en una islita inglesa que sólo se une con la isla grande (la Gran Bretaña) cuando baja la marea, mediante una franja de tierra. La comunidad —sin tecnologías como la electricidad, las armas de fuego o el teléfono, y que tiene un retrato de una juvenil reina Isabel II y podríamos asimilar a los amish pero con cerveza casera— prepara la fiesta del rito de paso del niño, que consiste en cruzar con su padre a la isla grande para matar zombis con arco y flechas y conseguir, con suerte, presas animales. Al mismo tiempo, la madre del niño está en cama con migrañas atroces y alucinaciones.
El rito de paso transcurre sin contratiempos, con un par de zombis débiles muertos, hasta que padre e hijo se encuentran con un zombi “Alfa” —un macho más fuerte, poderoso, rápido y extremadamente difícil de matar— y tienen que huir de él y su grupo, con grandes dificultades. Al volver, los espera la fiesta, el descubrimiento por parte del niño de la infidelidad del padre, y la revelación de que en la isla grande vive un médico. Esta información impulsa al niño a escapar con su madre en busca de quien la cure. En el camino encuentran a un joven soldado sueco, quien los salva de la muerte; a una zombi embarazada —cuyo hijo es del Alfa— y la ayudan a dar a luz; se llevan a la bebé recién nacida, que no está infectada, y encuentran al médico, que si bien no puede sanar a la madre, sí le puede dar una buena muerte.
La película se construye, pues, sobre dos marcos narrativos: uno general, que —con la aparición del soldado con ametralladora y celular— revela que Europa ha seguido su curso los últimos 28 años, y otro local, centrado en el aislamiento inexplicable de la comunidad isleña. Este aislamiento, a mi juicio, permite desplazar el enfoque temático hacia el interior: no se trata ya de explorar la alteridad del zombi —símbolo que ha representado a lo largo del tiempo figuras como mujeres, migrantes, racializados, excluidos—, sino de examinar al “uno”, a la propia comunidad. Se vuelve entonces más relevante la configuración de una sociedad que, desde la infancia, entrena a sus integrantes no para defenderse, sino para matar, y que parece haber optado voluntariamente por el aislamiento. Pues, aunque sabemos que hay patrullas europeas alrededor de la isla que vigilan, suponemos, que nadie se cuele al continente, no quedan claras las causas de la falta de comunicación entre la isla y Europa y, por lo tanto, el exterminio de los zombis y la reincorporación de los isleños a la vida actual.
Es posible que la apuesta de Garland y Boyle sea la examinación de la violencia cultivada en el aislamiento y la autosegregación. Desde luego, los zombis suelen posibilitar la exploración de la violencia hacia los otros, pero en este caso, con las referencias a La naranja mecánica notorias en la escena final, impide pensar que esa violencia sea en defensa propia y la conduce a lo coreográfico, la espectacularización y la violencia hacia el propio grupo. El zombi alfa pierde relevancia frente al militar, que representa la continuidad del mundo.
Exterminio 3 es una película interesante en general, pero no estoy segura de compartir lo que yo interpreto como abandono de las posibilidades de significación del zombi, pues me parece que mostrar que los zombis parecen estar comenzando a organizarse y que son capaces de reproducirse, no aporta mucho en este caso. Una historia similar ya se contó en Soy leyenda, aunque con vampiros, y en El ejército de los muertos, de pobre realización, ambientada en Las Vegas. Y no es que no se pueda o deba volver a contar las mismas historias de formas distintas, sino que es indispensable darles nuevos significados, actualizarlas. Aquí, el rito de paso conduce a la misericordia del médico y su homenaje a los muertos en forma de tzompantli inglés, pero sobre todo al exceso de violencia coreografiada exhibido en el cierre del filme. Y si los zombis ya no parecen significar una alteridad identificable, ¿entonces cuál es la justificación de la violencia organizada y aparentemente irracional? Quizá es eso, justamente, lo que Garland y Boyle quieren plantear: que la violencia ejercida contra otros —que pueden ser cualquiera— tiene su origen en la locura y el trauma no resuelto.
Noemí Novell