Código negro (Black Bag) es una película del director Steven Soderbergh que sigue el matrimonio de Kathryn St. Jean (Cate Blanchett) y George Woodhouse (Michael Fassbender), una pareja estable, atractiva y estereotípicamente inglesa en la elegancia con que lleva a cabo hasta sus actividades cotidianas. La única cualidad fuera de lo común de este matrimonio, si es que se puede considerar común su metódico y refinado estilo de vida, es su trabajo: tanto Kathryn como George se dedican al espionaje dentro de una organización de inteligencia gubernamental. Debido a la naturaleza de este empleo, sus colegas se refieren a la relación de los protagonistas como el único punto débil dentro de sus distinguidas habilidades profesionales.
Cuando un aparato tecnológico con un inmenso potencial destructivo desaparece de su lugar de trabajo, la lealtad de los personajes se pone a prueba para descubrir si acaso alguno de ellos ha traicionado su código laboral o, peor todavía, su matrimonio. La lista de sospechosos se complementa con un conjunto de personajes que incluye amigos, compañeros de trabajo y superiores. Así, Kathryn y George no sólo deben descubrir las intenciones y los secretos del otro, sino también los de todos aquéllos que les rodean.
A diferencia de otras películas de espionaje —las sagas de James Bond o Misión: Imposible, por ejemplo—, en las que las secuencias de acción son fundamentales para la construcción del protagonista y de la trama, este filme está mucho más centrado en las relaciones interpersonales de los individuos y los descubrimientos a los que llegan por medio del diálogo. El thriller de espías converge con el dramatismo que implica desenmascarar las facetas ocultas de los demás, mucho más que con el enfrentamiento físico. Las inconsistencias y los engaños de los personajes salen a la luz a través de interacciones sociales civilizadas que, veladamente, cuestionan las motivaciones e intenciones de los sospechosos.
De los puntos favorables de la película cabe resaltar la capacidad del elenco para complementarse en pantalla. Blanchett y Fassbender encarnan atinadamente la elegancia y estoicidad de la pareja perfecta, y las formas distintivas en las que el resto de los personajes aportan al aura de tensión de la historia resaltan las cualidades actorales del equipo que conforma la cinta. Además, la duración del filme (93 minutos) juega a su favor para mantener el interés de la audiencia por medio del ritmo de los acontecimientos. En conjunto, la cadencia de la trama y la habilidad de los actores para interpretar distintas facetas del espía inglés, elegantes y enigmáticos cada uno a su manera, contribuyen al estilo característico de la película, así como a su atractivo.
Sin embargo, las cualidades de los personajes más allá de su rol profesional son relativamente planas. Como mencioné, los matices que puede adquirir la figura del espía están muy bien interpretados; no obstante, los aspectos más sensibles de los protagonistas pasan a un segundo plano que, si bien se menciona constantemente, pocas veces se representa realmente. El ejemplo más claro es la relación de Kathryn y George, un amor que se anuncia como la debilidad definitiva de ambos, la falla que puede hacer caer organizaciones enteras pero que, en lo práctico, casi no aparece. Incluso en los momentos de mayor tensión entre ellos (sea en el trabajo o en su cama), los esposos nunca pierden la ecuanimidad propia de su profesión.
La actitud de la pareja es entendible por los requerimientos de su empleo, pero el hecho de que conserven ese mismo carácter en todos los espacios y situaciones que atraviesan limita la conversación en torno a su caracterización como individuos más allá del ámbito laboral. La verosimilitud de las emociones de Kathryn y George se pone en juego por la falta de representación de dicho cariño. En cierto sentido, esta situación refuerza un estereotipo del espía como imperturbable, resolutivo e indiferente.
Esto no quiere decir que no haya momentos en los que se exploren aspectos de la sensibilidad de los protagonistas. Escenas como la de Kathryn con su psiquiatra, en donde la paciente habla a regañadientes de su historia familiar y sus miedos, o la de George después de cometer un error casi fatídico en su trabajo, que enfatiza la angustia del hombre al darse cuenta de que ha puesto en peligro a su esposa y a sí mismo, son ejemplos de este intento de desarrollar historias personales más profundas. Lo que sucede con estos episodios es que terminan siendo prácticamente inconsecuentes para el desenlace de una trama que parece favorecer, mucho más, el ideal de un personaje estereotípico. Ahora bien, que este aspecto de la cinta sea criticable no resta al hecho de que, siendo honestos, muchas veces eso es precisamente lo que buscamos en una película de este género: el glamour de un prototipo que nunca falla, el héroe capaz de resolver todas las interrogantes —en conjunto, la perpetuación de la figura del espía.
Dámaris Cornish Sánchez